Transitar las urbes
Mario Castañeda
“Yo soy exactamente lo que ves –dice la máscara- y todo lo que temes detrás.”
Masa y poder, Elias Canetti
En: El Animal Público
Manuel Delgado
Transeúntes con lugar y no-lugar. Lo que se llama espacio no es como lo entendemos. No es un punto fijo al que le asignamos por suposición, costumbre o creencia una inamovilidad; no es ese lugar fijo al que llegamos o del que partimos.
En la urbanidad de la supuesta modernidad (y posiblemente de la postmodernidad) nuestros pies nos guían –ordenados por el cerebro o por las emociones, o quizá ambas- hacia una dirección pensada, deseada u obligada. En ese trayecto, lo impredecible es un abanico de posibilidades dentro de lo ritual.
Los lugares de paso, que pueden ser muchos: universidades, paradas de buses, restaurantes, bancos, instituciones privadas o públicas, bares y un largo etc., son solamente eso: lugares de paso. A través de ellos la mente de las personas puede darle vida a otras posibilidades que impliquen miedo, tranquilidad, sospecha, rabia, placer, alegría y otra serie de emociones propias de ese animal público que es el humano, según propone Manuel Delgado.
En palabras de Baudelaire, el transeúnte urbano es el más celoso guardián del umbral, es el que camina en ese espacio (el umbral) al que, en términos Kantianos, podría definirse como la posibilidad misma de las conexiones; a ello sugiere Delgado agregar –haciendo referencia a Richard Sennet- que en esa posibilidad de conexiones se encuentran las experiencias propias de la otredad.
La cotidianeidad en nuestra sociedad cruza esas fronteras delgadas del espacio que son intangibles pero que existen. Son fronteras y nada más. Susceptibles de posibilidades impredecibles en el espacio disponible donde el individuo es el protagonista.
Me parece interesante la postura de Michel de Certeau, quien hace analogía de la relación que establece el peatón con el espacio que recorre y la de los cuerpos de los amantes entre sí, que cierran los ojos al abrazarse. Según Delgado, Certeau propone que todo lo que está separado está unido por aquello mismo que lo separa (…) en el abrazo amoroso, ¿cuál de los cuerpos en contacto posee el límite que los distingue? A lo que responde: ni el uno ni el otro. La idea de frontera remite a la intermediación, un vacío concebido para los encuentros.
En el plano de nuestras relaciones sociales, y concretamente en la urbanidad de nuestras ciudades, nos es difícil comprender que hablamos al caminar. El permanente hacer de una voz muda que la ven muchas personas pero que no la observan y menos escuchan, es parte de ese silencio deliberado y persistente que cunde en nuestros imaginarios. Es resultado de males históricos y estructurales. Efecto a veces consolador del martirio diario de un desorden social concebido para mantener el sistema, utilizando para ello, somníferos diversos que mitigan lo desagradable y lo hiriente.
Pensar la ciudad, caminarla y recorrer lugares de paso es parte de nuestra rutina, pero ésta última no permite que la interacción trascienda esos lugares de paso para mejorar nuestras relaciones y maneras de vivir. Y no lo permite porque no es solamente cuestión de actitud, de un cambio positivo como ha pretendido lograrlo nuestra infausta oligarquía. Radica en que la ofensiva neoliberal sustentada en la defensa a ultranza de la propiedad privada, la mercantilización de los servicios públicos, el adoctrinamiento de masas mediante el consumismo en la era de la información y la tecnología como herramienta de dependencia, ha profundizado la herencia colonial y liberal en tanto formas de permanencia del status quo y sus deplorables mecanismos de control y expoliación.
Urge pensarnos en el no-lugar y cómo ese trayecto lineal de nuestros cuerpos y mentes que forman parte de la rutina de nuestra urbanidad a pesar de sus pequeñas rebeldías individuales frente a los ojos del control social, no son todavía impredecibles abanicos de posibilidades frente al fetiche del capital y su expresión total y contradictoria: el capitalismo. Son solamente eso, pequeñas rebeldías que no se articulan colectivamente para ser rebeldías mayores capaces de traspasar esas fronteras que los ideólogos, administradores y ejecutores del neoliberalismo dosifican a través de iglesias, medios masivos de información, educación y oferentes de servicios.
Se necesita en esta confusión de modernidad y postmodernidad donde subyace la supuesta mano invisible del mercado, un nuevo animal público que traspase los límites de la experiencia posible individual y colectiva. Un nuevo animal social que no vea las calles como puntos fijos ni su ser como forma rebelde hasta donde permiten la ley y sus hipotéticos cumplidores. Es necesario un animal público, un transeúnte que busque entre el baile de máscaras la libertad desde el no-lugar, espacio que debiera ser de todos y de ninguno.
Ciudad de Guatemala, enero 4-5 de 2008.

Pablo Rangel dijo
Estimadísimo Mario: me cuesta un poco entender lo del "no-lugar", me imagino que es algo así como el "ego", la construcción de todos los miedos y deseos propios o prestados que al final no nos dejan ver con claridad las cosas...será de repente algo así como atemporal que se encuentra solamente en un momento y es un despertar a la verdad? o la misma que desde la visión del fatalismo es aquella que nace y muere a cada instante...esa me gusta a mí.
Lo de las rebeldías que quiebran con el fetiche del capital...¿alguna que no esté mercantilizada? ¿cuál sería?... algunas personas dicen que para quebrar el sistema se debe hablar de amor...algo así como una comprensión más clara de las cosas, tomando en cuenta que las cosas inician y acaban rapidamente...si fuera así...la verdad sería lindo estar solamente disfrutando de la vida y no preocupandose de tanto rollo que nos ha sido impuesto...no solamente por el capitalismo, el consumismo y todo eso, sino por la costumbre, tradición y familia...la verdad que nuestro ser humano no existe ni existirá hasta que se rompa con el mismo...por eso morir es nacer...creo que existe otra forma de asociarnos más clara con el mundo y menos interesada, espero que cuando llegue nos reunamos a tomar un cafecito con champurradas, o de repente una cervecita con una media libra de carne de coche con guacamol...o de perdida y para que el pizarrin de don Dionisio G. termine de remodelar los pollos camperos....con un super menu y un pie de limón con cafecito.
O también nos podemos reunir con los payasos de las ciencias sociales a almorzar en Imeri (¡qué rico un pastelito de elote!) o mejor aun vamos a un restaurante vegetariano a llenarnos la panza de comida insípida!...en fin...de que nos vemos nos vemos !en el no lugar ¡
9 Enero 2008 | 04:01 PM