Un muerto en el no lugar
Un muerto en el no lugar
Mario Castañeda
“El vecindario que le sonrió de niño
lo denunció por verlo muy despreocupado.
Y al no querer herir a quien lo trajo a vida,
anda por la ciudad dormida sin lugar donde parar.
(…) La sociedad lo adopta como hijo de puta,
por eso escapa de la yuta cuando duerme la ciudad.”
Cuando duerme la ciudad
Hermética
DC: Víctimas del vaciamiento, 1994.
Antes de iniciar con la lectura de este texto se sugiere leer el artículo publicado en esta revista electrónica el 5 de enero de este año titulado: “Transitar las urbes”.
En el no lugar transito. Las balas transitan también en el no lugar. Un animal público transita de día o de noche en el no lugar sin saberlo, sin pensarlo, solamente guiado por su conducta patológica a través de los vericuetos de la violencia. Por momentos ese animal es visible, luego, después de unas cuantas balas en su cuerpo se convierte en un repugnante objeto que ocupa el espacio de un punto aparentemente fijo. Una banqueta.
Nunca vio el progreso, nunca supo de él más que en el artefacto que le servía de defensa y de ataque. Esa escuadra cromada que hirió y mató a saber a cuantos desconocidos “enemigos” que poseían lo que él deseaba o lo que necesitaba. Pero además de ella, la psique se convirtió en su arma preferida.
Mientras, jugaba el ajedrez de la vida afinando los medios para llegar al fin: Matar o morir. Probablemente varias veces mató, una vez murió. Para muchos animales públicos valió la pena su muerte: “se lo merecía por ladrón”. Para otros significa ahora no tener comida o mota o guaro o coca o leche o pan o a saber qué… para otros no importa.
Ese ladrón, ese animal fue tan pardo como todos los gatos por las noches, transitando por la urbe en búsqueda de un aparente punto fijo que nunca existió. Solo existieron los encuentros con otros animales públicos que tenían lo que él deseaba o lo que necesitaba. Trascendió en un bus. En una de esas camionetas viejas que se usan para transporte colectivo. Fea. De esas en las que no caben las piernas entre sus asientos. El no cupo en ellos ni vivo ni muerto. Nunca transitó el no lugar para ir a un trabajo como los supuestamente normales animales públicos, es decir, un trabajo asalariado, con horario, con jefe y subalternos, con oficina, corbata, cafecito o atolito en la esquina a las 10 a.m., salario mínimo, almuerzo de 10 pesos en el mercado y salida a las 5 en punto de la tarde si no había que hacer horas extras.
En la urbe maquillada el ladrón quedó muerto. Cuarta avenida y doce calle: números forzados de la zona 1 para inventar un punto fijo donde yace un muerto, regando con su sangre esa banqueta donde seguirán transitando ignorantes o indiferentes decenas de animales públicos quizá improvisando posibilidades, por ejemplo: si un piloto de camioneta hace la parada no en la esquina obligada sino en la inicial de la cuadra siguiente y tendrán que correr para subirse a ella; o esconderse si llueve; o talvez obviar si la policía registra a X animal público hasta en sus partes íntimas en busca de armas o drogas; o quizá si una o varias balas acertaren en el cuerpo de Y animal público por pura casualidad, mala suerte o buena intención. En fin.
El ladrón pasó de ser un invisible animal público a un objeto tirado en la banqueta que los noticieros, ávidos de morbo, muestran en cajitas cuadradas o primeras planas de colores. Los reporteros, también animales públicos que transitan las urbes buscando verdades para transmitir normalmente mentiras, cumplieron con su rito laboral para saciar la sed de muerte que flota en el imaginario colectivo.
Hicieron la nota y en carrera salieron buscando otra noticia para llenar espacio. Dejaron entonces olvidado en el espacio del no lugar a un animal público que murió guiado por su conducta patológica a través de los vericuetos de la violencia. Por momentos ese animal fue visible, luego, después de unas cuantas balas en su cuerpo se convirtió en un repugnante objeto que ocupa el espacio de un punto aparentemente fijo. Una banqueta, después la morgue, y finalmente el cementerio.
Para muchos animales públicos valió la pena su muerte: se lo merecía por ladrón. Para otros significa ahora no tener comida o mota o guaro o coca o leche o pan o a saber qué… para otros no importa.
Una estadística más en una urbe transitada sin que la mayoría de los animales públicos que la recorremos buscando trabajo, muerte, amor, paz, camionetas, dinero, sexo, drogas, leche, pan, luz, ruido, silencio, locura o cualquier otra cosa, comprendamos las fronteras que el capital a través de la clase nos hace pensar, ver y sentir, por muy invisibles que sean.
Mientras, la oligarquía guatemalteca y los empresarios extranjeros siguen reproduciendo en la actual expresión neoliberal del capitalismo las injustas relaciones sociales en el no lugar, sin importarles nada más que el dinero en su aparente aumento natural, -según las leyes del mercado- esa ficticia mano invisible que todo lo rige, que convierte en objeto de culto a toda mercancía y que se escuda en el falso discurso del progreso, ese que el ladrón muerto en la cuarta avenida y doce calle de la zona 1 nunca supo de él más que en el artefacto que le servía de defensa y de ataque. Esa escuadra cromada que hirió y mató a saber a cuantos desconocidos “enemigos” que poseían lo que él deseaba o lo que necesitaba. Pero además de ella, la psique se convirtió en su arma preferida. Mientras jugaba el ajedrez de la vida afinando los medios para llegar al fin: Matar o morir. Probablemente varias veces mató, una vez murió.
Para muchos animales públicos valió la pena su muerte: “se lo merecía por ladrón”. Para otros significa ahora no tener comida o mota o guaro o coca o leche o pan o a saber qué… para otros no importa.
Ciudad de Guatemala, 4-5 de febrero de 2008.
