En la esquina del no lugar
Mario Castañeda
Camino entre las venas del no lugar. Los tiempos se conjugan en mi pensamiento y me llevan circularmente a sentarme frente a la pantalla de la memoria para que los fotogramas me muestren ese viento que soy en el tiempo.
Transito por una de esas venas que es de larga distancia, de mezcla perfecta de olores contradictorios y colores diversos: algunos repugnantes y otros digeribles a sus respectivos sentidos. Le llaman la 7ª. Avenida y entrelaza con sus esquinas la 19 calle de la zona central. Me bajo de la chatarra ruidosa y ambulante cuyo último punto de llegada es un aparente lugar donde convergen el adiós, el miedo, la sospecha y abundante humo. Humanos que unos a otros vigilan como se acercan o se alejan de los diferentes animales públicos que se enrumban a otros espacios del no lugar.
No puede faltarme el mp3 con sus respectivos audífonos y a todo volumen. Hermética suena con Soy de la Esquina. Le zoco el volumen y Claudio O´connor brama intensificando mi placer por el metal pesado, por la vida de barrio, por las esquinas que transité en los primeros años de juventud. Curiosamente recordándolos en otra esquina:
Cervezas en la esquina
del barrio barón
rutina sin malicia
que guarda razón
Mi libertad era en esos años un abanico de líneas delgadas concatenadas como fronteras a la libertad de otros seres urbanos. La esquina de una cuadra fue, entre otros motivos, el espacio para ser. Una bebida en botellas de vidrios polarizados nos daba estatus de adultos cuya única malicia era precisamente la intención de ser adultos. Era una razón.
Quien olvidó las horas
de su juventud,
murmurando se queja
ante esta actitud.
Pero nuestras libertades no eran eso para los mayores. Éramos para algunos, solo vagos, patojos que hablaban tonterías creyéndose grandes, los que fumaban algo extraño y se reían por horas, los que añoraban degustar los senos primaverales de muchas mujeres, o por lo menos de alguna.
Ya voy sobre la 7ª entre 16 y 15 calles. Policías y soldados me ven a los ojos y me retan con su desconfiado mirar. Chaparros, con las manos sobre el M-16 o la 45. Camino erguido, orgulloso de ser más alto que ellos. Vigilan y cumplen mecánicamente las órdenes. Claudio y compañía insisten y regreso a la esquina:
Allí esperan mis amigos en reunión
mucho me alegra sentirme parte de vos.
Conversando la rueda ya se formó
y las flores se queman buscando un sentido.
Eran vacaciones. Desde las 3 de la tarde la chamusca comenzaba. Cansados, sucios, golpeados y empapados de sudor por jugar fut y de vez en cuando por pelear con los del otro equipo, nos disponíamos a hacer la rueda, iniciando con el correspondiente saludo que consistía en chocar la palma de la mano derecha sobre la del otro, deslizar rápidamente las mismas hacia el pecho propio con ligero quiebre que enlazaba las puntas de los dedos para después volver al contacto de las palmas en forma de corto aplauso y cerrar el rito con un choque de puños cerrados.
La conversación se daba. El no lugar era momentáneamente nuestro hasta que llegaran los bronqueros de otras esquinas retándonos con la vista y el caminado o la policía a pedirnos papeles y amenazar de llevarnos al bote solamente por estar sintiéndonos parte de los demás. El riesgo era parte de esa libertad; ser desafiantes, pero, sobre todo, hacer interlocución para la identidad esquinera de barrio en el que hoy ya no estamos. En fin, es un no lugar.
Mientras la noche muestra
la calle en quietud,
la intuición esquinera
encendió mi luz.
Tu risa amiga
alejó mi soledad,
esos momentos que viví
no he de olvidar.
Allí esperan mis amigos en reunión
mucho me alegra sentirme parte de vos.
Llego a la 13 calle sobre la 7ª avenida y mis pasos hablan de lo que soy. El recuerdo fluye a través del andar. Los pies hablan al caminar. Reflejan eso que biológicamente se transformó pero que en expresión dialéctica de la realidad se busca y se encuentra en la libertad, en la memoria y entre las venas del no lugar.
Sé que muchos cavilan
buscando el por qué,
preferimos la esquina
y no mirar tele,
yo la creo vacía de realidad,
la verdad en la esquina está latiendo.
Apenas comenzaba la televisión por cable. Privilegio para pocos. Televisores todavía en blanco y negro porque no teníamos para ver a colores Capital e ideología. Preferimos la esquina y una grabadora. Era mejor la unión al escuchar musicón a todo volumen. Éramos nosotros y la quietud de la noche atravesada por la daga del rock and roll y las verdades callejeras: drogadictos, la pandilla del barranco, el campo de fut con su cancha de tierra y piedras, niños y adolescentes que diez meses del año trabajaban por las tardes e intentaban estudiar por las mañanas. La tienda con sus borrachos, el lenguaje barrial, conocer los prostíbulos, entre otras humanas situaciones. Palabras en la esquina, en el no lugar de las infinitas posibilidades.
Aunque me echen hoy
mañana volveré
y con cerveza
la amistad reflejaré,
tu risa amiga
alejó mi soledad,
esos momentos que viví,
no he de olvidar nunca más.
Nunca más.
Esquina de la 7ª y 11 calle. Me saluda el indígena que viste su playera de AC/DC. Lleva su venta de calle a guardarla en el local que alquila. Me quedo en la esquina pensando en los recuerdos de hace dos minutos y veo a los ojos de los demás animales públicos que en ese instante se asoman o se alejan, y creo que mis pupilas pueden ser cristales que reflejen mi otredad.
Intento hablarles sin cerrar los párpados y busco respuestas para comprender cómo transitan las venas de la urbe, si se sienten animales públicos con diferentes niveles de rebeldía en el baile de máscaras que el capital teje dentro de la supuesta modernidad donde los caprichos de una oligarquía históricamente retrógrada hace culto al disfraz del progreso, o bien, si se esfuman entre el humo de la subalternidad que rige nuestro teatro de democracia. Mientras, O´connor me recuerda con su último aullido que él y su banda fueron también una posibilidad en el no lugar, en la esquina del no lugar.
Ciudad de Guatemala, 17 y 18 de febrero de 2008
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